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Panamá: un secreto bien guardado entre dos océanos

18 ago
6 min de lectura

No hubo un momento preciso en el que me diera cuenta de que Panamá estaba cambiando algo dentro de mí. Fue un proceso silencioso, como la marea: imperceptible, pero capaz de suavizar cada aspereza interior con la constancia de algo que entiende el tiempo.

 

Pensé que buscaba lujo, pero en realidad, me dirigía hacia algo más sutil, casi sagrado: la esencia de un lugar que no necesita exhibirse, porque ya respira a tu lado.

 

Había salido de Europa con la mente llena de expectativas pulidas: suites espectaculares en Punta Pacífica, atardeceres desde terrazas suspendidas, piscinas infinitas como promesas de perfección. Pero Panamá revolucionó cada imagen, invitándome a ver el mundo con nuevos ojos, ojos que no esperan, sino que se maravillan.

 

Bocas del Toro 

Fue Bocas del Toro la que me hechizó por primera vez. En la isla de Bastimentos, enclavada en el Parque Nacional Marino, descubrí que el silencio puede habitar incluso entre palmeras y muelles de madera. Las villas sobre el agua en Nayara Bocas Bali parecían flotar entre el sueño y la realidad, pero lo que más me conmovió fue el equilibrio sereno de las tortugas deslizándose lentamente bajo el suelo de cristal.

 

Los manglares, suavemente agitados por la brisa caribeña, reflejaban pensamientos antiguos.

 

No fue la arquitectura lo que me conmovió, sino la intención: cada gesto, cada espacio parecía creado para dejar intacto lo que ya era perfecto. Por la mañana, la brisa marina traía consigo el aroma a coco recién rallado y pan de yuca horneado en hornos locales. El desayuno se convirtió en un ritual: tortillas doradas cocinadas en el comal, sumergidas en vasos de chicheme, una bebida ancestral de maíz, canela y leche de coco, densa y aterciopelada como las canciones de cuna de los abuelos.

 

Islas Secas, Golfo de Chiriquí

Luego llegó el Golfo de Chiriquí, y con él, la soledad más dulce que he conocido.

Frente a la costa del Pacífico, no lejos de Puerto Pedregal, se encuentra un archipiélago privado llamado Islas Secas: quince islas, solo cuatro habitadas, alimentadas íntegramente por energía solar, donde la palabra "exclusividad" cobra un nuevo significado: armonía.

Lo que me atrajo no fue el lujo, sino la inteligencia del proyecto: aquí, cada estructura se retira, cede ante la selva tropical, se asienta sobre los contornos naturales como un discreto huésped.

 

Dormí con las paredes abiertas, las velas de lona izadas hacia el cielo, dejando que el viento me acariciara y las estrellas, imperturbables por la contaminación lumínica, me vigilaran.

 

Una tarde, mientras el sol se ponía tras la Isla Cavada, probé un ceviche de corvina que parecía destilar todo el Pacífico en un solo bocado. La pulpa, firme y translúcida, estaba marinada en el jugo fresco de limones cultivados en una finca de David, mientras que el cilantro se trituraba entre los dedos y se esparcía como una bendición.

 

El chile chombo, típico de la costa oeste, te hacía cosquillas sin agobiar: un calor repentino y suave, como ciertas emociones que no sabías que esperabas. El plato se servía en cerámica local, moldeada a mano por artesanos de Volcán, y hablaba, sin palabras, de una tierra que se conoce a sí misma.

 

Boquete

Boquete me recibió con un suave suspiro.

Enclavado al pie del volcán Barú, este pueblo de montaña parecía respirar a un ritmo diferente. Las lluvias llegaban silenciosas, caricias transparentes que empapaban las laderas y hacían brillar las hojas como vidrio soplado.

 

Caminé entre las orquídeas silvestres del Jardín de las Nubes, el sendero se desvanecía entre la niebla y las enredaderas, y me pareció que incluso el silencio tenía un aroma: tierra húmeda, musgos, el aire antes de una confesión.

Y luego, estaba el café...

 

Una taza de Geisha de la Hacienda La Esmeralda abrió en mí una nueva forma de escuchar. No lo estaba bebiendo, lo estaba siguiendo, como se sigue una orquesta in crescendo. Notas de bergamota, el toque apenas perceptible del jazmín, un eco cítrico de cáscara de cedro. En ese momento comprendí que beber este café no era un acto, era un encuentro.

 

San Blas y Chagres: los pueblos Guna y Emberá

Pero Panamá no es solo naturaleza: es voz, piel, memoria viva.

En las islas del archipiélago de Guna Yala, también conocido como San Blas, las mujeres aún visten molas: paneles textiles cosidos a mano, con capas de patrones geométricos que narran cosmogonías, relatos orales y mapas espirituales.

 

En una choza de bambú en la isla Wichub-Wala, una anciana me tomó la mano y la colocó sobre una tela recién terminada. "Sentí", dijo. Y la palabra me conmovió profundamente. Sentí la devoción, la precisión lenta, la fuerza del tiempo contenida en cada puntada.

 

A orillas del río Chagres, en el corazón del bosque que delimita el Parque Nacional Soberanía, fueron los Emberá quienes me ofrecieron la alegría del ritmo. Sus cantos se elevaban entre las copas de los árboles, mezclándose con los cantos de los tucanes y el susurro del agua. En ese pueblo, accesible solo en piragua, me sirvieron yuca frita, dorada y crujiente, con un caldo de verduras silvestres, realzado con notas de comino y hojas de culantro.

 

Sin pretensiones. Solo verdad. Sabores como palabras susurradas por la tierra.

 

Casco Viejo, Ciudad de Panamá

En el corazón de Panamá, el Casco Viejo se desplegaba como un palimpsesto.

Casas coloniales con contraventanas de madera y balcones cubiertos de buganvillas parecían conversar con ecos de pasados franceses y españoles, mientras galerías de arte contemporáneo y bares de cócteles se entretejían en la vieja piedra.

 

En la Plaza Bolívar, me detuve a escuchar una melodía interpretada por un viejo clarinetista. Sentí como si el aire mismo llevara el sabor a ron, tabaco y recuerdos.

 

En una pequeña tienda de artesanías en la Avenida Central, compré un sombrero Panamá, auténtico, no hecho por turistas, tejido a mano en Montecristi, Ecuador, pero con un acabado panameño. El vendedor, un hombre de manos curtidas por el tiempo, no habló mucho. Pero cada gesto, cada pliegue, era una muestra de respeto.

 

En la cena, en un patio con aroma a jazmín, saboreé ropa vieja servida con crujientes patacones. La carne deshebrada estaba tierna, con un toque de especias y la dulzura de los pimientos, mientras que los plátanos fritos evocaban la cocina afropanameña.

 

Luego llegaron los tamales, envueltos en hojas de plátano. Al levantarlos, un vapor verde y fragante me subió a la cara como un abrazo. Dentro, el arroz estaba empapado en un caldo especiado, con achiote y maíz tierno. Un plato que no tiene éxito. Cuenta una historia.

 

El Canal, Miraflores

En el Centro de Visitantes de Miraflores, no fueron los barcos lo que me cautivó, sino el concepto mismo de cruzarlo. El Canal de Panamá es una idea antes que una obra de ingeniería: una idea que une, que abre pasajes donde la geografía parecía trazar límites. Fue allí donde percibí a Panamá como un símbolo, no solo un puente entre océanos, sino entre mundos, historias, idiomas.

 

Y en ese momento, con el Pacífico a un lado y el Atlántico al otro, sentí un cambio en mi interior. Se abría un umbral.

 

Santa Catalina y Bastimentos

Por fin, un regreso a una naturaleza más íntima. En Santa Catalina, un pequeño pueblo en la costa del Pacífico famoso entre los surfistas por las olas perfectas de Playa Estero, me despertaba antes del amanecer.

 

Subía a la terraza de mi cabaña de madera y practicaba yoga con el aliento del océano ante mí y la arena aún fresca bajo mis pies.

Era una alineación, no solo física, sino interna.

 

En Isla Bastimentos, en el eco-retiro Al Natural, recibí un tratamiento con cacao puro mezclado con flores tropicales recolectadas de la selva. No fue un capricho de spa: fue un gesto de cuidado mutuo.

 

Yo para mí, la naturaleza para nosotros.

En ese profundo silencio, roto solo por el lejano canto de las ranas rojas y el susurro de las hojas de plátano, algo se reajustó.

 

Panamá me enseñó que el verdadero lujo nunca es ostentación. Es presencia.

No acumulación, sino atención.

Es la conciencia de que cada experiencia es irrepetible, como la luz filtrándose entre las hojas al atardecer o la voz ronca de un pescador narrando la marea.

 

Este país se resiste a la definición. Pero para quienes saben cómo desacelerar, quienes saben cómo ver de verdad, les abre los brazos.

 

Y quizás, como me pasó a mí, te deja transformado….

Ya no eres un simple viajero, sino parte de una canción silenciosa que la tierra sigue cantando.

 

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 Autor: Saluen Art


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Forman parte integral de un proyecto de investigación académica sobre el tema de la " Tropicalización de la Hostelería de Lujo en el Caribe y Latinoamérica" , realizado en el marco del doctorado en Turismo, Economía y Gestión de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, España.

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